El alcohol, cuanto menos mejor. No es consumo moderado, sino consumo de bajo riesgo

mgmarcos

Dr. Miguel Marcos Martín

Editorial Volumen 2, Número 1. Medicalum Revista de Casos Clínicos

Profesor Titular Universidad de Salamanca. Especialista en Medicina Interna. Servicio de Medicina Interna. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca (@drmiguel99)

El consumo de alcohol es una de las principales causas de enfermedad y mortalidad en todo el mundo. Una estimación exhaustiva, calculada para el año 2016, determina que el alcohol es responsable de 2,8 millones de muertes al año (el 5% del total mundial). Esta sustancia es el séptimo factor de riesgo para muerte prematura y pérdida de años de vida ajustados por discapacidad (AVAD) en la población general, y el primero en el segmento de población entre 15 y 49 años. En España, se calcula que en 2016 fallecieron 25 000 varones y 12 000 mujeres por causas atribuibles al etanol, lo que supone el 10 % y el 3,9 %, respectivamente, del total de muertes para cada sexo.1,2

El efecto negativo de esta sustancia se debe a que es un factor de riesgo para múltiples trastornos que afectan a la mayoría de órganos del cuerpo (p. ej., hepatopatía, cáncer en diversas localizaciones, pancreatitis, aumento del riesgo de infecciones, etc.) así como a su implicación en accidentes o suicidios.1 El efecto negativo del alcohol se manifiesta además desde dosis bajas: incluso dosis tan reducidas como 10 g de etanol al día (equivalente a una copa de vino o una caña de cerveza) se asocian con un incremento, pequeño pero significativo, del riesgo de ciertos tipos de cáncer.3 No podemos olvidar tampoco el importante coste social (baja productividad y absentismo laboral, violencia de género, etc.) y económico (se calcula un coste en España entre 4000 y 5000 millones de euros al año entre costes directos e indirectos).

Con todo esto, ¿cómo resulta posible que se siga hablando del consumo “moderado” de alcohol o que incluso se promocione su ingesta como algo saludable? En concreto, es muy habitual mencionar que una copa de vino al día tiene “efectos beneficiosos” sobre el corazón. Estas afirmaciones se deben a una mezcla de datos científicos con creencias, deseos e intereses comerciales. Sin duda, existen datos procedentes de estudios observacionales que sugieren que un consumo de alcohol a dosis bajas (10-20 g/día) puede asociarse con una menor mortalidad, aparentemente por un menor riesgo de cardiopatía isquémica, comparado con no consumir alcohol. Pero también sabemos que existen estudios observacionales que no confirman estos hallazgos (o que incluso muestran el resultado contrario) y que pueden existir sesgos relevantes. En relación con la mortalidad total, es bien conocido el “sesgo del abstemio”, que consiste en que muchas personas no beben alcohol precisamente porque han tenido problemas con esta sustancia, están enfermos o toman medicamentos. ¿Quién va a vivir más tiempo? ¿La persona que tiene una enfermedad y no toma alcohol o la persona sana que toma una copa de vino al día? La persona sana, tome o no la copa de vino. En todo caso, la inmensa mayoría de datos son observacionales y no existe ningún ensayo clínico que demuestre que tomar una pequeña cantidad de alcohol al día mejore la mortalidad o prevenga ninguna enfermedad. De hecho, y como prueba de los intereses comerciales existentes, en el año 2018 se canceló un ensayo clínico randomizado puesto en marcha para comprobar el efecto de una copa de vino al día (frente a no consumirla) porque aparecieron pruebas de la influencia de los productores de bebidas alcohólicas en el diseño del estudio.4 Lamentablemente, muchos de los “anuncios” de que una pequeña cantidad de alcohol tiene beneficios para la salud son precisamente eso, promoción de bebidas alcohólicas. En cambio, en enero de 2020 se ha publicado un ensayo clínico que sí muestra un efecto positivo de la abstinencia alcohólica en la prevención de recurrencias de la fibrilación auricular.5

Con todos estos datos, la realidad en este momento, y tal y como indican de forma clara las propias guías de la Sociedad Europa de Cardiología, es que no se debe promover el consumo de alcohol para mejorar la salud cardiovascular.6 Aunque existiera un efecto positivo sobre la cardiopatía isquémica, los efectos negativos del alcohol sobre la aparición de arritmias o el desarrollo de hipertensión arterial son suficientes para neutralizar dicho efecto sobre el propio sistema cardiovascular. Y todo ello sin considerar el efecto tóxico del alcohol sobre otros órganos o su potencial carcinógeno, que refuerzan el mensaje de que cuanto menos alcohol se consuma, mejor. Desde el punto de vista médico hay que hablar con propiedad: no hay consumo moderado, sino consumo de bajo riesgo. Particularmente cuando ese concepto de consumo “moderado” es tan difícil de establecer y ha ido cambiando tanto con el tiempo.

Tal vez un aproximación adecuada para resolver este problema es considerar, con algunas salvedades, el consumo de bebidas alcohólicas como el de dulces. ¿A alguien le parece saludable un bombón, un trozo de tarta o un polvorón navideño? Por supuesto que no. La gente los toma porque le gusta su sabor o porque le apetecen en un momento concreto, siendo conscientes en la mayoría de casos que su contenido en grasas y azúcares los hace muy poco saludables. Lo mismo deberíamos pensar del alcohol, además de evitarlo completamente en embarazadas, si se va a conducir o manejar maquinaria peligrosa o si se padece alguna enfermedad o se toman fármacos con posibles interacciones. Si alguien desea tomarlo, por tanto, que sea porque le guste, pero bajo ningún concepto porque sea bueno para la salud o por cualquier otra “propiedad” milagrosa.  

Y es que además de ese efecto “cardiosaludable” del alcohol, también se le han atribuido muchas otras propiedades que han dado lugar a mitos y leyendas respecto a su consumo. En muchos casos no pasan de “mensajes publicitarios” o distorsiones de la literatura científica tan burdas que caen directamente en la categoría de bulos o noticias pseudocientíficas, como la afirmación de que una copa de vino equivale a una hora de ejercicio o, como indicaba la web de la SER, “El vino, bueno para el cerebro” 7 (noticia que desmontábamos en un hilo de Twitter8).

En otros casos, estos mitos están muy arraigados en la cultura popular. Así, el alcohol no es digestivo, por mucho que nos lo ofrezcan de esta forma después de una comida. Al contrario, produce gastritis y daño en el sistema digestivo. Tampoco permite dormir mejor, aunque “caigas rendido” tras una ingesta importante, porque fragmenta el sueño y lo hace de menor calidad. No permite entrar en calor, sino que al vasodilatar el plexo venoso subcutáneo, lo que provoca es que perdamos calor por la piel e incluso que haya riesgo de hipotermia en caso de intoxicación alcohólica. El alcohol tampoco es bueno para las relaciones sexuales porque interfiere con la excitación sexual y puede provocar disfunción eréctil. Finalmente, la cerveza no es buena bebida de reposición después de hacer deporte, tanto por su contenido alcohólico como por su habitual bajo contenido en sodio, aunque en algunas ocasiones se haya sugerido dando lugar al término beer runners.9

Este último ejemplo nos sirve para resumir la misma idea que hemos desarrollado anteriormente y que resulta clave en el consumo de bajo riesgo de alcohol. Si deseas tomarte una cerveza después de correr, hazlo porque te gusta y con conocimiento de sus riesgos y contraindicaciones, pero en ningún caso porque sea “buena para el corazón” o como bebida isotónica. Y si es sin alcohol o “0,0”, mucho mejor.

Referencias

  1. GBD 2016 Alcohol Collaborators. Alcohol use and burden for 195 countries and territo-ries, 1990-2016: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2016. Lancet. 2018;392:1015-35.
  2. World Health Organization. Global Status Report on Alcohol and Health. World Health Organization; 2018. [Información actualizada sobre el consumo de alcohol y sus reper-cusiones en la salud en todo el mundo].
  3. LoConte NK, Brewster AM, Kaur JS, Merrill JK, Alberg AJ. Alcohol and Cancer: A Statement of the American Society of Clinical Oncology Journal of Clinical Oncology 2018;36:83-93
  4. NIH to end funding for Moderate Alcohol and Cardiovascular Health trial. National Institutes of Health. News releases. Disponible en el sitio web nih.gov (consultado en enero de 2020).
  5. Voskoboinik A, Kalman JM, De Silva A, Nicholls T, Costello B, Nanayakkara S, Prabhu S, Stub D, Azzopardi S, Vizi D, Wong G, Nalliah C, Sugumar H, Wong M, Kotschet E, Kaye D, Taylor AJ, Kistler PM. Alcohol Abstinence in Drinkers with Atrial Fibrillation. N Engl J Med. 2020;382:20-28.
  6. 2019 ESC Guidelines on diabetes, pre-diabetes, and cardiovascular diseases developed in collaboration with the EASD. Cosentino F, Grant PJ, Aboyans V, Bailey CJ, Ceriello A, Delgado V, Federici M, Filippatos G, Grobbee DE, Hansen TB, Huikuri HV, Johansson I, Jüni P, Lettino M, Marx N, Mellbin LG, Östgren CJ, Rocca B, Roffi M, Sattar N, Seferović PM, Sousa-Uva M, Valensi P, Wheeler DC; ESC Scientific Document Group. Eur Heart Journal 2019; ehz486.
  7. Gregori J. El vino, bueno para el cerebro. SER Ciencia y Tecnología. Disponible en cadenaser.com (consultado el 3/1/2020)
  8. Marcos M (@drmiguelmarcos). #Hilo. Desinformación total. Ni es «consumo», ni es de vino, ni se ha demostrado que proteja al cerebro o del Alzheimer (…) (Tweet de Internet). 3/2/2018 [consultado el 3/1/2020). Disponible en: https://twitter.com/drmiguelmarcos/status/959772899304443904?s=20
  9. Blasco R. ¿Es la cerveza una correcta bebida de reposición del ejercicio físico? Blog de Internet. Disponible en raquelblascor.wordpress.com (consultado el 3/1/2020